Cantar de los Cantares 3
Biblia Straubinger
© Juan Straubinger Fuente: lasantabiblia.com.ar
Esposa
1 En mi lecho, de noche, busqué al que ama mi alma; le busqué y no le hallé De noche: otros: por las noches. Esta pérdida del Esposo, durante la noche, suele interpretarse como imagen del pueblo de Israel que pierde a su Dios en la noche de la idolatría, y sobre todo que busca al Mesías y no lo halla (Juan 7, 34-36) hasta que, arrepentido, vuelve a Él (cf. 5, 2 ss. y notas; Isaías 54, 1; Oseas 5, 15; Ezequiel 6, 9; 20, 7 ss.; 36, 31). Los místicos, aplicando la imagen a la vida espiritual, llaman a este período la noche obscura del sentido, en que el alma, no habiendo pasado aún por la vía iluminativa, carece de un conocimiento propio y experimental de Dios, que es Él que nos hace hallarlo definitivamente por medio del amor. San Jerónimo explica esto, diciendo: “Ora leáis, ora escribáis, ora veléis o durmáis, siempre toque a vuestros oídos la bocina del amor de Dios. Esta trompeta despierte vuestra alma y buscad vuestro jergón alborozado con este amor que vuestra alma desea, y cantad confiado: Yo duermo, mas mi corazón está velando” (San Jerónimo, A Pamaquio). La ansiosa búsqueda, a través de las tinieblas, hasta que hayamos llegado a despreciar por amor suyo nuestra soberbia racionalista (II Corintios 10, 5; I Corintios 3, 18 ss.; Judit 8, 10; Job 42, 3 y notas), está maravillosamente expresada en Eclesiástico 4, 18 ss., que llama a esta etapa de prueba “la tribulación de la doctrina” (véase Salmo 118, 38 ss. y nota). En análogo sentido, Fillion lo aplica a la vida actual de la Iglesia “mientras el Esposo prolonga su ausencia con miras de probar y acrecentar en Ella el amor”. Le busqué y no le hallé: Hay aquí una triste pero saludable meditación para el pueblo de Israel, cuya religiosidad actual, según lo declararon sus propios escritores, se ha desprendido aún de la sobrenatural esperanza mesiánica, para reducirse a un simple ideal histórico. Como decíamos en otro lugar: “La misma cultura talmúdica y rabínica de los Raschí, de los Maimónides, de los ben Gabirol, de los Yehuda ha-Levi, de los ben Ezra... ha sido ridiculizada por escritores de nota como Abrahamowitsch y Gordon en el siglo pasado... y la reforma de Moisés Mendelsohn ha tendido a destruirlo todo… Pero la verdadera reparación de Israel sólo puede traerla Cristo.” No hallará Israel al Amado por las calles y plazas, sino cuando Dios la llame a la soledad y le hable al corazón (véase 1, 8 y nota). Entonces caerá el velo que les oculta, no ya el Evangelio, sino las antiguas profecías (II Corintios 3, 14-16). Entonces se apartarán de los falsos pastores (versículo 3 s). Véase a este respecto la admirable alusión al capítulo 34 de Ezequiel que San Pablo hace a los hebreos cuando les dice que su alianza eterna ha de ser en el gran Pastor resucitado (Hebreos 13, 20) 2 Me levantaré, pues, y giraré por la ciudad, por las calles y las plazas; buscaré al que ama mi alma. Le busqué y no le hallé 3 Me encontraron los guardias que hacen la ronda por la ciudad: “¿Habéis visto al que ama mi alma?” Véase 5, 7. Los guardias representan aquí a los príncipes del pueblo judío que no supieron mostrar a Israel la llegada del Mesías (véase Juan 1, 26; 7, 52; 8, 14; 9. 30; Lucas 12, 56; 19, 44; Mateo 21, 34, etc.). También hoy podemos aplicar la lección a los “sabios y prudentes” (Lucas 10, 21), a quienes es inútil preguntarles dónde está Dios. Unos predican un Dios inaccesible y sin corazón de Padre; otros dudan de su existencia y le disputan la creación del mundo; y otros admiten su existencia, pero viven como si no existiese. Cf. 8, 7 y nota 4 Apenas me había apartado de ellos, encontré al que ama mi alma. Lo así y no lo soltaré hasta introducirlo en la casa de mi madre, y en la cámara de la que me dio el ser Apenas me había apartado... encontré: vemos así confirmado lo expuesto sobre el versículo 1 s. Cuando el alma se aparta del mundo y sus maestros (véase I, 8 y nota), no tarda en hallar a Cristo, porque la Sabiduría se anticipa amorosamente a los que la buscan (Sabiduría 6, 13 ss.), y Él mismo nos dice: “Al que viene a Mí no lo echaré fuera” (Juan 6, 37), porque vino a cumplir la amorosa voluntad del Padre que lo envió para que Él sea nuestra salvación (Juan 6, 38 40). Entonces el alma, hecha pequeña (Proverbios 9, 4 y nota), descubre que se le ha dado esa sabiduría inaccesible para los sabios (Mateo 11, 25) y repite, tan gozosa como asombrada, la exclamación de David (véase Salmo 118, 99 s.). La casa de mi madre: San Bernardo acentúa la trascendencia escatológica del Cántico, al ver en la Esposa a la Iglesia de los elegidos ya congregados (véase Juan 11, 52; Romanos 11, 25; Lucas 21, 24). Comentando el presente versículo, el Doctor Melifluo ve en Israel a la madre de la Iglesia y dice: “ciertamente la caridad de la Iglesia es bien grande, pues que no envidia sus delicias a su misma rival, que es la Sinagoga. ¡Qué mayor bondad que estar dispuesta a compartir con su enemiga Aquel que ama su alma! No debe, empero extrañarnos —puesto que la salud viene de los judíos (Juan 4, 22)— que el Salvador vuelva de donde partió a fin de salvar a los restos de Israel... que las ramas no envidien a la raíz la savia que de ella bebieron, ni los hijos a su madre la leche que mamaron de sus pechos. Que la Iglesia, pues, conserve firmemente la salud que Israel perdió, hasta que la plenitud de las naciones haya entrado y que así Israel sea salvo. Más aún, ella le desea el nombre y la belleza de la Esposa”