Eclesiastés 6

Bienes sin disfrute

Hay otro mal que vi debajo del sol, y que pesa gravemente sobre los hombres: s. Aquí no se trata del avaro, sino del que por una prematura muerte o por otras circunstancias no puede gozar de los bienes acumulados Hombres hay a quienes Dios dio riquezas, bienes y honores, y a los que nada falta en la vida de cuanto puedan desear, pero Dios no los deja gozar de ello; un extraño lo consumirá. Vanidad es esto y mal muy grande Si uno engendra cien hijos, y vive muchos años, hasta la más avanzada edad, y su alma no se harta de sus bienes, y ni siguiera obtiene sepultura, este tal, digo yo, es mas infeliz que un abortivo Carecer de sepultura equivalía a perder todo honor. Un rico puede correr el peligro de no tener sepultura, sea por no disponer el dinero para este fin, o sea porque sus herederos se lo niegan para castigar su avaricia. Llama la atención la insistencia con que el Sabio quiere inculcarnos esta misma verdad en diversos pasajes; sabía bien cuan difícilmente sería admitida Pues ha venido en vano, y en tinieblas se va; y la obscuridad cubre su nombre; nunca vio el sol ni le conoció. Más reposo tiene éste que aquel infeliz Véase 2, 13 ss. y nota; 4, 3; Job 3, 16 Y esto aunque haya vivido dos veces mil años; pues no ha podido gozar de los bienes. ¿Acaso no van todos a un mismo lugar? Todo el afán del hombre es para su boca; pero nunca se sacian sus apetitos ¿Qué ventaja tiene el sabio sobre el necio? ¿Cuál el pobre que sabe conducirse delante de los hombres? De ahí la primera bienaventuranza (Mateo 5, 3; Lucas 6, 20) Más vale lo que ven los ojos, que ir tras deseos. También esto es vanidad y correr tras el viento También la experiencia enseña que es feliz quien se contenta con su estado. El refrán popular lo expresa diciendo: Vale más un pájaro en mano que cien volando
La fugacidad de la vida
A todo cuanto ha de venir le ha sido dado ya su nombre, y ya se sabe qué es un hombre, y que no puede contender con quien le supera en fuerza El hombre no puede disputar con Dios, puesto que éste tiene ya decretado nuestro estado desde el primer momento de nuestra vida (véase Job 9, 32; 38, 3 ss.; Isaías 10, 15; 45, 9; I Corintios 10, 22; Romanos 9. 21). Lo triste es cuando aceptamos esta verdad como resignándonos a lo inevitable, y no vemos, a la luz del Evangelio, la fisonomía paternal de ese Dios que nos ama con infinita misericordia (Salmo 102, 13; Ef. 2, 4), que llegó a darnos su Hijo único (Juan 3, 16) y que, no pudiendo negarnos nada después de semejante don (Romanos 8, 32), nos asegura también lo temporal (Mateo 6, 33), y nos llama hijos a los que creemos en su Nombre de Padre (Juan 1, 12) Hay muchas palabras que sólo sirven para aumentar la vanidad. ¿Qué provecho tiene de esto el hombre? Pues, ¿quién sabe lo que es bueno para el hombre mientras vive, en los días de su vida de vanidad, que él recorre como una sombra? Y ¿quién puede decir al hombre lo que después de él ha de ser bajo el sol? Este versículo en el texto hebreo es 6, 12. Se dirige contra la ciencia presuntuosa y la ambición que pretende influir en la historia, sin comprender que cualquier acontecimiento imprevisto puede cambiar su curso. Véase 3, 22; 8, 17; 11, 5

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