Eclesiástico 32

Más reglas para los convites

¿Te han hecho simposiarca? Por eso no te engrías; compórtate entre ellos como uno de tantos Simposiarca, textualmente rey (del convite); así se llamaba al que presidía el banquete. Le solían dar una corona de flores y una porción especial (versículo 3). Véase Juan 2, 8 Cuida bien de todos, y después que hayas satisfecho plenamente tu oficio, siéntate a la mesa; a fin de que ellos te causen alegría, y recibas la corona, como ornamento de distinción, y obtengas la porción de honor que ellos han separado para ti Tú, el más anciano, a quien toca hablar el primero, s. Conversar en la mesa era la prerrogativa de los ancianos. Los jóvenes escuchaban y solamente hablaban cuando eran preguntados (versículo 10); costumbre que todavía hoy se observa en familias cultas de Oriente (véase 6, 35 y nota). No faltaba música en los banquetes, ni Dios la condena (versículo 7 s.; 30, 22; 32, 15 y notas). En todo vemos la suavidad de Dios que mira complacido nuestro bienestar, siempre que no pongamos en ello el corazón, como hace el mundo, despertando sus celos de Padre amante (véase Salmo 105, 19 y nota) habla sabia y prudentemente; más no estorbes la música Donde no hay quien escuche, no eches palabras al viento; ni quieras fuera de sazón ostentar tu saber Donde no hay quien escuche: en griego: donde se escucha (la música); en hebreo: según unos: donde se bebe; según otros: donde se canta Un concierto de música en un convite de vino, es semejante a un rubí engastado en oro Como esmeralda engastada en un anillo de oro, así es la melodía de los cantares con el beber alegre y moderado Escucha en silencio, y con tu modestia te ganarás la estimación ss. Escucha en silencio: Cf. 4, 34 y nota; Proverbios 29, 20; Santiago 1, 19. “No adelantarse a responder; no precipitarse en el hablar. Saber prestar paciente oído, señal es de fuerza y de cordura: de fuerza porque se enfrena el ímpetu; de cordura, porque se soslaya el peligro de falsear el pensamiento” (Fernández, Florilegio Bíblico IX p. 36). Hay pocas reglas tan olvidadas como ésta y la otra, que se da a los jóvenes (versículo 10 ss.), de no hablar sino excepcionalmente y excusando su juventud e ignorancia. Véase Santiago 1, 26. San Antonio decía constantemente: “Contén tu lengua”; y San Francisco de Asís: “El silencio inflama el corazón de amor a Dios.” Tú, oh joven, habla si es necesario, a duras penas, en lo que a ti te toque Preguntado una y otra vez, reduce a pocas palabras tu respuesta En muchas cosas hazte el ignorante, y escucha, ya callando, ya también preguntando En medio de los magnates no seas presumido, y donde hay ancianos no hables mucho El granizo es precedido del relámpago; así el rubor es precedido de la gracia, y por tu modestia serás bien visto de todos Granizo: el griego: trueno. Como éste sea acompañado del relámpago, así el rubor, signo de modestia en el joven, va despertando simpatía y estimación hacia él Llegando la hora de levantarte no te detengas; vete el primero a tu casa; allí diviértete, allí juega, ss. Muestra que los juegos y esparcimientos son lícitos a la juventud y agradables a Dios como signos de ese espíritu infantil que Él ama con predilección. De ahí que la sana alegría de los juegos aleje del pecado (30, 22) debiendo llevarnos a bendecir a Dios por su bondad (versículo 17). Todas estas reglas, que parecen profanas, son la genuina aplicación a la vida social, del espíritu del Decálogo, cuyo fiel cumplimiento haría de la tierra un paraíso. Véase 24, 22 y nota y haz lo que te pluguiere, con tal que sea sin pecar, ni decir palabras insolentes Y después de todo eso bendice al Señor que te creó, y que te colma de todos sus bienes
No obres sin consejo
El que teme al Señor abraza su instrucción; y los que vigilaren en busca de Él, lograrán bendición Quien busca la Ley se enriquece con ella; mas el que obra con hipocresía tropezará en ella Se escandalizará el hipócrita, y hallará en la misma Ley santa ocasión de ruina. Es el escándalo farisaico tantas veces anunciado por Jesús, que se llamó Él mismo “piedra de tropiezo” (Mateo 11, 6; 13, 21 y 57; 15, 12; 24, 10; Romanos 9, 33; I Pedro 2, 8; Salmo 68, 23; 117, 22 y nota) Los que temen al Señor sabrán discernir lo que es justo, y harán brillar sus buenas obras como antorcha Huye de la reprensión el hombre pecador, y halla ejemplos en que apoyar sus antojos Ejemplos, esto es, excusas para cubrir sus pecados. Véase Salmo 140, 4 y nota. Sobre la característica del insensato, que consiste en aborrecer la enseñanza, véase 6, 21; 21, 18; Proverbios 1, 7 y 29; 9, 7 y notas El varón prudente reflexiona bien lo que ha de hacer; pero el que no lo es, y el soberbio, nunca temen nada, aun después de haber obrado por sí, sin consejo; más sus mismas empresas los condenarán Tú, hijo, no hagas cosa alguna sin consejo, y no tendrás que arrepentirte después de hecha No vayas por camino malo, y no tropezarás en las piedras; ni te arriesgues a ir por senda difícil, para que no expongas a caídas tu alma Admirable paralelo: No exponerse al atractivo del pecado, porque caeríamos en él (3, 27; 9, 4 y notas); ni presumirse capaz de grandes heroísmos y promesas, porque caeríamos como le sucedió al apóstol San Pedro (Mateo 20. 33). Véase I Corintios 7, 5; Proverbios 20, 25 y nota. El mejor y más grande de los reyes es el que puede mandar a sus pasiones, dice Sócrates Cuídate aun de tus propios hijos, y guárdate de tus criados Véase 33, 20; Miqueas 7, 5; Mateo 10, 36 En todas tus acciones sigue el dictamen fiel de tu conciencia; pues eso es observar los mandamientos s. Véase versículo 20. Hay aquí una altísima ley de libertad espiritual (II Corintios 3, 17; Gálatas 2, 4; Santiago 1, 25; Juan 8. 32), que es precisamente para los rectos de corazón que confían en Dios (versículo 28) y no en su propia alma, como darían a entender algunas traducciones (véase Gal 5, 13; I Pedro 2, 16; Salmo 117, 6 y nota). El apóstol San Pablo enseña que la conciencia es ley aun para los paganos que no conocen la Ley (Romanos 2, 14 s.). Así se explica que algunos paganos pudiesen ser tan gratos a Dios en sus oraciones y obras. Véase Hechos de los Apóstoles 10, 1-4 y notas Quien cree en Dios atiende a sus preceptos, y el que confía en Él, no padecerá menoscabo.

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