Joel 1
Biblia Straubinger
© Juan Straubinger Fuente: lasantabiblia.com.ar
La plaga de langostas
1 Palabra de Yahvé que llegó a Joel, hijo de Fatuel: En este primer discurso profético Joel traza ante nuestros ojos un cuadro terrible de la calamidad causada por una invasión de langostas, que a manera de un innumerable ejército enemigo (cf. v. 6) devastaba todo el país, dejando tras de sí la desolación y la miseria en grado nunca visto. El profeta aprovecha esta prueba para hablar al corazón de su pueblo, explicándole el significado de la calamidad y exhortándolo a convertirse sinceramente y pedir perdón a Yahvé 2 Oídlo, oh ancianos, y prestad oídos, habitantes todos del país. ¿Ha sucedido cosa semejante en vuestros días, o en los días de vuestros padres? 3 Contádselo a vuestros hijos, y vuestros hijos a los hijos suyos, y los hijos de éstos a la otra generación 4 Lo que dejó la (langosta) gazam, lo devoró la arbeh, y lo que dejó la arbeh, lo devoró la yélek, y lo que dejó la yélek, lo devoró la chasil Gazam, arbeh, etc.: distintas clases de langostas que no se pueden clasificar en nuestra lengua. La Vulgata tradujo: oruga, langosta, pulgón, roya (otros: añublo ). Innumerables olas de langostas invadieron el país y destruyeron los árboles, las viñas, el trigo y todos los vegetales. No hay duda de que esa devastación causada por las langostas está puesta como presagio y figura de otros males. San Jerónimo y muchos otros Padres ven en ellas una figura de los pueblos paganos que vendrán a devastar a Israel, la viña de Dios. Cf. Ezequiel capítulos 38 s 5 Despertad, oh ebrios, y llorad; y aullad, todos los bebedores de vino, porque se ha quitado de vuestra boca el mosto Los ebrios, como tipo de la opulencia, son los primeros invitados a llorar, puesto que el vino se ha agotado a raíz de la plaga de langostas que acabó con los viñedos 6 Pues ha subido contra mi tierra un pueblo fuerte e innumerable; sus dientes son dientes de león, y sus mandíbulas, mandíbulas de leona 7 Ha convertido mi viña en un desierto, y destrozado mis higueras; las descortezó completamente, y las dejó derribadas; sus ramas se han vuelto blancas 8 ¡Laméntate, cual joven esposa, que se ciñe de saco por el esposo de su juventud! La joven esposa es el pueblo de Dios; el Esposo de la juventud es Yahvé. La alianza entre Dios y su pueblo era un místico matrimonio (véase Isaías 54, 4 ss.; 62, 4 ss.; Jeremías 2, 2; 3, 1 ss.; Oseas 2, 16 y nota, etc.) 9 Falta la ofrenda y la libación en la Casa de Yahvé; los sacerdotes, ministros de Yahvé, están de duelo La devastación es tan grande que los sacerdotes, por falta de víctimas y provisiones, se ven imposibilitados para continuar el culto. Les faltan el trigo, el vino, el aceite para las ofrendas, y particularmente los corderos para el sacrificio perpetuo, de modo que la unión del pueblo de Dios con su divino protector, mantenida por medio de los sacrificios cotidianos, está interrumpida (cf. Oseas 3, 4; Ezequiel 38, 8 y nota; Sofonías 3, 12), calamidad que provoca el llanto de los ministros de Dios, siendo muy de notar que esta vez el profeta no increpa de propósito a Israel y sus pastores por su idolatría y sus pecados, como suelen hacerlo las profecías, sino que destaca, como en Ezequiel 38, 9 ss., lo mucho que el pueblo escogido sufrirá por la invasión extranjera, de la cual lo librará el Señor (cf. 2, 18) definitivamente (2, 19), y no ya sacándolo del cautiverio de Asiria o Babilonia, sino arrojando fuera al invasor (2, 20), y luego colmando al pueblo de bendiciones (2, 21 ss.; Ezequiel 39, 25 ss.) 10 El campo asolado, la tierra en luto, porque devastados están los trigales, se secó el vino, falta el aceite 11 Confundíos, labradores; ululad, viñadores, por el trigo y la cebada, porque la cosecha del campo ha sido destruida 12 Las viñas agostadas, la higuera marchita; el granado, la palmera y el manzano, todos los árboles del campo se han secado; no hay más alegría entre los hijos de los hombres No hay más alegría entre los hijos de los hombres: Hoy más que nunca los hombres buscan la alegría, y no la encuentran, porque la confunden con la diversión, con el placer, con la comodidad, con el lujo y creen que la alegría se deja comprar por dinero. Mons. Keppler, el gran Obispo de Rottenburgo, dice en su libro “Más Alegría” (traducido a 33 lenguas): “La cultura moderna es en el fondo cultura de la existencia, cultura de los asuntos de esta tierra, cultura técnica, cultura intelectualista, y por tanto, insuficiente, equivocada, ineficaz y falta de alegría. La verdadera civilización debe ser cultura interior, cultura del corazón, cultura del alma.”